Tu padre se ha enamorado

El amor no entiende de edad, pero sí de ritmos. Cuando dos personas mayores se enamoran de nuevo lo hacen de una forma más lenta, racional, pero con la misma ilusión. La prueba de fuego les llega a la hora de contárselo a sus hijos.

Mr. RedondoDicen de él que es capaz de mover montañas, desencadenar pasiones inauditas, nublar la razón, dar alas. Es capaz incluso de cambiar el mundo y dar significado a la existencia humana. Hay quien muere por él y de él, quien lo busca desesperadamente; quien escribe, quien compone, quien pinta sobre sus bondades y sus desilusiones. El amor es todo eso y más. De naturaleza universal, este sentimiento al igual que las personas pasa por diferentes etapas. Nace, crece y madura.

En la mayoría de los casos encuentra su fin ya sea por la pérdida de la pareja, por el desgaste del tiempo o por la propia evolución de las personas. Ante ello, hay quien elige vivir sin amor y hay quien se atreve a enamorarse de nuevo. Da igual tener veinte años, cuarenta, setenta o noventa: el amor no tiene edad. Y si es así, ¿por qué nos llama tanto la atención ver a dos personas mayores mirándose a los ojos? “Parece que se da por hecho que a edades avanzadas el amor no puede hacer acto de presencia y que los progenitores, por el mero hecho de alcanzar una cierta edad, ya no pueden volver a enamorarse”, afirma Marisa Martín, socióloga. Para Alejandro Gómez, psicólogo, “lo cierto es que el amor entre gente mayor es bastante frecuente y las parejas resultantes suelen perdurar hasta que la muerte los separa”.

Más racional
El amor que surge entre dos personas mayores es diferente al de los jóvenes, aunque ya no actúen las feromonas, sí que entran en juego otros factores. “Van buscando otras cosas: cariño, respeto… Se trata de un enamoramiento más racional, frente al de los jóvenes que es más pasional. En esta etapa es más sincero, más sereno y su base es la amistad”, explica José Vaquero, trabajador social.

A pesar de estas diferencias, en algunos aspectos este tipo de amor sigue siendo parecido al que se vive de joven. “La relación que suelen tener las personas mayores es muy similar a la que se tiene con quince años. Siempre juntos, cogidos de la mano… Es muy tierna”, afirma Mabel Álvarez, enfermera. Además, los efectos que se derivan de él no se pueden ocultar, saltan a primera vista. “Ya sea amor, enamoramiento, cariño… produce en ellos una mejoría física más que notable. Si a los jóvenes se les cambia la cara a los mayores igual”, señala Marisa Martín.

Ese amor que nace entre dos personas llena el vacío de la soledad que sienten los mayores en su día a día, que a veces puede llegar a ser un abismo. “Sobre todo lo que buscas es que tu compañero sea capaz de hacerte sentir que no estás solo. Eso es lo más importante”, sostiene Herminia Gómez, de 68 años, que mantiene una relación. De igual parecer es Antonio Martínez, un jubilado de 78 años, que lleva conviviendo con su pareja doce. “Cuando falleció mi mujer me sentía muy solo y desdichado. No quería salir de casa y los días se me hacían eternos”, cuenta.

Su actual pareja Pilar, a la que llama “mi mujer”, era su vecina. Ambos se quedaron viudos y se apuntaron a un taller en un centro de día y con el tiempo… nació el amor. “Me fijé en Pilar porque era para mí. Me di cuenta de que su carácter y el mío eran compatibles. Cuando uno es joven no se piensan las cosas, ya de mayor hay que ir más despacio”, dice Antonio.

El veredicto de los hijos
1108672_73024709Una de las pruebas de fuego por la que pasa la relación entre dos mayores son los hijos, cuya reacción puede ser de índole diversa. “Hay familias que lo admiten sin ningún problema; otros lo rechazan porque piensan que alguno de los dos va a por el dinero del otro. Lo que ocurre es que los hijos lo juzgan desde su experiencia y su juventud”, comenta Marisa Martín.

Tanto ella como José Vaquero coinciden en que influye bastante el nivel cultural que posea la familia a la hora de aceptar esa relación. “En niveles más bajos, las viudas tienen que serlo de por vida a ojos de los hijos. Iniciar una nueva relación a edad avanzada les parece una falta de respeto hacia el progenitor fallecido”, en palabras de Marisa Martín. Desde su experiencia Antonio y Herminia han vivido las reticencias de los hijos, que con el paso del tiempo han ido superando. “Recuerdo que una de mis hijas me dijo que era una egoísta por volverme a enamorar y no pensar en mi difunto marido”, revela Herminia.

Pero, ¿realmente se llega a sustituir a la anterior pareja? “Se trata de dos personas diferentes; al principio comparas a tu nuevo compañero con el anterior. Pero me he dado cuenta de que lo que se trata es de llenar un vacío, no sustituir a uno con otro. El pasado, pasado es”, enfatiza Herminia Gómez. Antonio lo ratifica: “Pilar y yo llevamos doce años juntos y estamos como el primer día. Nos compenetramos muy bien y cuando nos enamoramos, lo hicimos pensando en lo que nos quedaba de vida”. Y es que el amor, no entiende de reglas porque, al fin y al cabo, amor es.

Residencias versus centros de día

El amor puede surgir en cualquier lugar. En el caso de las residencias “la rutina que se vive dentro de ellas puede llegar a ser pesada, por lo que cuando aparece una persona que les da cariño, que les presta atención… puede, de repente, nacer el amor”, explica Marisa Martín. Como ejemplo cuenta la historia de una pareja de Parla. “Conocí a un señor que al ver a una mujer se creyó que era su pareja. A partir de ese momento se ocupó de ella y la señora rejuveneció. Después él se dio cuenta de la situación, pero siguieron juntos tres años hasta que ella murió. Quince días más tarde, él también falleció”, recuerda Marisa.

En cambio, en los centros de día las relaciones que se establecen son un tanto diferentes a las de las residencias. “Se suele tener la impresión de que la gente va allí a ligar, pero hay de todo: los emparejados, los que van de flor en flor y los que van a pasárselo bien. En general, la gente que viene es para socializar, para conocer a más gente.”, expone José Vaquero, trabajador social.

El pasado marca
A la hora de enamorarse, las experiencias pasadas que se han vivido con las anteriores parejas juegan un papel clave, hasta tal punto de influir en gran medida. “Una vez conocí a una mujer viuda que empezó una relación ya de mayor. Tanto ella como su pareja habían tenido malas experiencias con sus respectivas parejas. Más tarde ella me confesó que con setenta años había encontrado el amor de su vida”, asevera José Vaquero.

En el caso de Antonio, él tuvo que convencer a su actual pareja para que venciera los miedos del pasado. “Tuvo problemas con su primer marido y se mostraba reticente. Lo que hice fue abrirme para que ella se diera cuenta de que no le iba a pasar lo mismo. Y así, con paciencia, la convencí”, afirma satisfecho.

Dicen de él que es capaz de mover montañas, desencadenar pasiones inauditas, nublar la razón, dar alas. Es capaz incluso de cambiar el mundo y dar significado a la existencia humana. Hay quien muere por él y de él, quien lo busca desesperadamente; quien escribe, quien compone, quien pinta sobre sus bondades y sus desilusiones. El amor es todo eso y más. De naturaleza universal, este sentimiento al igual que las personas pasa por diferentes etapas. Nace, crece y madura.
En la mayoría de los casos encuentra su fin ya sea por la pérdida de la pareja, por el desgaste del tiempo o por la propia evolución de las personas. Ante ello, hay quien elige vivir sin amor y hay quien se atreve a enamorarse de nuevo. Da igual tener veinte años, cuarenta, setenta o noventa: el amor no tiene edad. Y si es así, ¿por qué nos llama tanto la atención ver a dos personas mayores mirándose a los ojos? “Parece que se da por hecho que a edades avanzadas el amor no puede hacer acto de presencia y que los progenitores, por el mero hecho de alcanzar una cierta edad, ya no pueden volver a enamorarse”, afirma Marisa Martín, socióloga. Para Alejandro Gómez, psicólogo, “lo cierto es que el amor entre gente mayor es bastante frecuente y las parejas resultantes suelen perdurar hasta que la muerte los separa”.
Más racional
El amor que surge entre dos personas mayores es diferente al de los jóvenes, aunque ya no actúen las feromonas, sí que entran en juego otros factores. “Van buscando otras cosas: cariño, respeto… Se trata de un enamoramiento más racional, frente al de los jóvenes que es más pasional. En esta etapa es más sincero, más sereno y su base es la amistad”, explica José Vaquero, trabajador social.
A pesar de estas diferencias, en algunos aspectos este tipo de amor sigue siendo parecido al que se vive de joven. “La relación que suelen tener las personas mayores es muy similar a la que se tiene con quince años. Siempre juntos, cogidos de la mano… Es muy tierna”, afirma Mabel Álvarez, enfermera. Además, los efectos que se derivan de él no se pueden ocultar, saltan a primera vista. “Ya sea amor, enamoramiento, cariño… produce en ellos una mejoría física más que notable. Si a los jóvenes se les cambia la cara a los mayores igual”, señala Marisa Martín.
Ese amor que nace entre dos personas llena el vacío de la soledad que sienten los mayores en su día a día, que a veces puede llegar a ser un abismo. “Sobre todo lo que buscas es que tu compañero sea capaz de hacerte sentir que no estás solo. Eso es lo más importante”, sostiene Herminia Lozano, de 68 años, que mantiene una relación que dura ya cinco. De igual parecer es Antonio Martínez, un jubilado de 78 años, que lleva conviviendo con su pareja doce. “Cuando falleció mi mujer me sentía muy solo y desdichado. No quería salir de casa y los días se me hacían eternos”, cuenta.
Su actual pareja Pilar, a la que llama “mi mujer”, era su vecina. Ambos se quedaron viudos y se apuntaron a un taller en un centro de día y con el tiempo… nació el amor. “Me fijé en Pilar porque era para mí. Me di cuenta de que su carácter y el mío eran compatibles. Cuando uno es joven no se piensan las cosas, ya de mayor hay que ir más despacio”, dice Antonio.
El veredicto de los hijos
Una de las pruebas de fuego por la que pasa la relación entre dos mayores son los hijos, cuya reacción puede ser de índole diversa. “Hay familias que lo admiten sin ningún problema; otros lo rechazan porque piensan que alguno de los dos va a por el dinero del otro. Lo que ocurre es que los hijos lo juzgan desde su experiencia y su juventud”, comenta Marisa Martín.
Tanto ella como José Vaquero coinciden en que influye bastante el nivel cultural que posea la familia a la hora de aceptar esa relación. “En niveles más bajos, las viudas tienen que serlo de por vida a ojos de los hijos. Iniciar una nueva relación a edad avanzada les parece una falta de respeto hacia el progenitor fallecido”, en palabras de Marisa Martín. Desde su experiencia Antonio y Herminia han vivido las reticencias de los hijos, que con el paso del tiempo han ido superando. “Recuerdo que una de mis hijas me dijo que era una egoísta por volverme a enamorar y no pensar en mi difunto marido”, revela Herminia.
Pero, ¿realmente se llega a sustituir a la anterior pareja? “Se trata de dos personas diferentes; al principio comparas a tu nuevo compañero con el anterior. Pero me he dado cuenta de que lo que se trata es de llenar un vacío, no sustituir a uno con otro. El pasado, pasado es”, enfatiza Herminia Gómez. Antonio lo ratifica: “Pilar y yo llevamos doce años juntos y estamos como el primer día. Nos compenetramos muy bien y cuando nos enamoramos, lo hicimos pensando en lo que nos quedaba de vida”. Y es que el amor, no entiende de reglas porque, al fin y al cabo, amor es.

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